February 12, 2010 por admin
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Por: Marisela Dejarden
Tú creaste mis entrañas; me formaste en el vientre de mi madre.
¡Te alabo porque soy una creación admirable!
¡Tus obras son maravillosas, y esto lo sé muy bien!
Mis huesos no te fueron desconocidos cuando en lo más recóndito
era yo formado, cuando en lo mas profundo de la tierra era
yo entretejido.
Tus ojos vieron mi cuerpo en gestación: todo estaba escrito en tu
libro; todos mis días se estaban diseñando, aunque
no existía uno solo de ellos.
¡Cuán preciosos, oh Dios, me son tus pensamientos!
(Salmo 139:13-17, NVI)
Meditando sobre ese salmo puedo ver que el salmista David entendió algo que yo nunca pude entender, y no solo entender, sino aceptar: Que Dios me creó y no solo que me creó, sino que me creó con propósito.
Toda mi vida quise sentirme amada, aceptada. Siempre deseé que me aceptaran como yo soy, sin críticas, ni comparaciones. Pero esto era en cierta forma una contradicción porque aún cuando deseaba el amor de alguien, dentro de mi no me sentía digna del amor de nadie, menos de Dios.
Esto, como quizás usted también habrá experimentado, tenía su origen en la manera en que fui criada: Una madre con Esquizofrenia, incapaz de decir buenas cosas de mi, y un padre muy preocupado por nuestros valores morales, pero muy ocupado con la enfermedad de mi madre y cuyo amor por mi y mi hermana lo expresaba en proveer para nuestras necesidades. La falta de afirmación en mi niñez y las heridas en mi corazón me incapacitaron para entender lo que el Salmista David entendió.
Cuando me convertí, yo sabia que Dios existía, pero mi percepción de El era de un Dios castigador y no perdonador. Era una percepción distorsionada de Dios que nació de mis heridas emocionales y no de la convicción de mi espíritu. Las heridas de mi niñez dibujaron en mi mente un cuadro distorsionado de un Dios que siempre estaba listo para castigarme, pero nunca dispuesto para perdonarme. Un Dios que esperaba de mi perfección para obtener su aceptación.
El aceptar intelectualmente que Jesús murió por mis pecados no fue nunca un problema para mi, el problema era aceptarlo en mi corazón porque dentro de mi estaba convencida que si el murió, murió por otras personas, no por mi. Eso era algo que no podía aceptar aun cuando la Biblia misma me decía que el me creó, y no solo me creó, sino que me creó con propósito.
La verdad es que pasé muchos años anhelando el amor y la aceptación de Dios, pero mis heridas no lo permitían. Pero no solo buscaba el amor de Dios, sino el de las personas, incluyendo a mí esposo. Si discutía con mi esposo u ofendía a alguien, la culpabilidad aparecía inmediatamente y el sentirme indigna del amor de Dios aumentaba aun más. Era un circulo vicioso en donde la culpabilidad me causaba indignidad, la indignidad “no me hacia perfecta”, y la “imperfección” no me hacia merecedora del amor de Dios.
El querer ser “perfecta” consumía mi vida emocional porque no solo creaba culpabilidad e indignidad en mí, sino que el querer ser una “Cristiana perfecta” añadió una carga adicional a mi vida emocional.
A veces nosotros como cristianos pensamos que tenemos que ser perfectos y eso nos lleva a pretender ser lo que realmente no somos dentro de la iglesia. Es una “perfección espiritual” que nace del temor a ser juzgado o rechazado por nuestra “falta de espiritualidad” lo que nos lleva a vivir “una doble vida” en donde por fuera queremos dar una apariencia de “espiritualidad” pero por dentro aun estamos luchando con inseguridad, dudas y temores.
Es una “doble vida” que muchas veces impide expresar o compartir con otros dentro de la iglesia nuestros problemas por temor a ser acusados de tener poca fe o de ser “poco espiritual”. Es una “doble vida” que indudablemente nace de las heridas del corazón de una persona, pero que es alimentada por el deseo de otras personas dentro de la iglesia de querer que seamos tan “espirituales” como ellos, o que seamos o actuemos como ellos son o actúan.
Es una “doble vida” alimentada por aquellos que están prestos a acusarnos de estar en pecado cuando estamos pasando por pruebas, o alimentada por la actitud de aquellos dentro de la iglesia que, consciente o inconscientemente, se preocupan mas por la manera en que oramos o actuamos dentro de la iglesia, que por la necesidad de amor que tenemos en nuestros corazones.
Fue en esta circunstancia que un día, en mi desesperación, oré a Dios y le pedí que me diera aquello que tanto anhelé: el sentir su amor y la capacidad para amarlo con todo mi corazón. A partir de ese día todo cambió. Ese día sentí su presencia y su amor y no solo eso, sino que ese día me mostró en visión las llagas de sus manos y de sus pies y me persuadió de que El no solo murió por otros, sino también por mí. A partir de entonces, el Salmo 139 adquirió vida para mí y empecé a reconocer el valor que tengo como hija de Dios; la indignidad se fue, y su perdón vino a ser parte de mi vocabulario.
Ahora entiendo que Dios me creó con mi propia personalidad y que soy un ser humano con virtudes y debilidades y que no tengo que querer o pretender ser lo que otras personas quieren o esperan que yo sea, porque ahora entiendo que yo soy lo que Dios dice que soy; y no solo eso, sino que El me ama como soy y tiene un propósito con mi vida.
Debo reconocer que después de eso han habido momentos muy duros en los cuales me he sentido muy sola y triste, pero cada vez que he clamado a El, al instante siento su presencia consolándome y levantándome y la soledad y la tristeza se van.
Estoy tan agradecida del Señor por su fidelidad y amor; El me sacó de esa oscuridad y de la mentira en que estaba sumergida. Ya no me siento culpable ni indigna porque sé, no en mi mente, sino en mi corazón, que tengo un Padre Celestial que me ama, que nunca me abandona, y que su perdón y su amor siempre estarán ahí para mí a pesar de mis debilidades, dudas, e incapacidades.
Un Padre que conoce tus caminos; que nunca va a hacer nada para dañarte y cuyo deseo es que tú seas feliz, que te sientas amada y valorada, y que tiene un propósito divino para tu vida. Un Padre Celestial que te formó en el vientre de tu madre y diseñó todos tus días en la tierra para que cumplas el propósito por lo cual El te creó y para que vivas la vida abundante que El ha prometido. ¡Dios tiene un propósito precioso para ti; no te des por vencido!
